La resistencia retórica (Fragmentos complementarios a Miércoles Cultural)

enero 17, 2011 § Deja un comentario

A continuación reproducimos el texto que nos ha llegado via Little Turtle titulado ‘Crítica Institucional disuelta’ en el que Martí Peran hace una reseña sobre Welchman, John C. (ed.) Institutional Critique and After. Zurich: JRP/Ringier. Zurich, 2006.

Excelente, pertinente e interesante compilación de textos; pero será mejor retomarlo todo desde el principio para reconocer si, a día de hoy, esta es la mejor perspectiva para abordar la posible viabilidad de un renovado impulso de la crítica institucional tal y como aseguran los responsables del volumen.
Como es harto conocido, la noción de crítica institucional se acuñó para designar aquellas prácticas artísticas que, en los primeros 70, tomaron al museo como su objeto de estudio en tanto que dispositivo cargado de turbulencias ideológicas en el ejercicio de su labor de inscripción. De esa generación pionera el libro recoge un texto de referencia de Hans Haacke para la exposición Art into Society-Society into Art (1974) y –de lo más interesante del conjunto-
una inteligente conversación con Daniel Buren conducida por María Eichhorn. En el contexto de ese periodo inicial, la crítica institucional se articulaba desde el exterior del propio marco de lo institucional y quizás por ello, la diana central de sus análisis era ante todo el mismo Museo pero como elemento de una trama compleja . Dicho de otro modo, en la primera crítica institucional lo que se ponía en juego no era específicamente el rol de las instituciones
artísticas sino la propia naturaleza crítica del arte frente a la esfera pública. Tras una cierta desactivación en los supuestamente felices 80, la idea de la crítica institucional resurgió, significativamente, cuando el mercado padecía una cierta desorientación antes del definitivo triunfo de la cultura espectacular. Fue entonces cuando el Museo, necesitado de nuevas fórmulas, se dispuso a apadrinar a la crítica institucional, pero ahora sí con unas intenciones y
expectativas muy orientadas hacia una suerte de “orden interno”. En ese contexto (y todavía lo padecemos de un modo apabullante) se multiplicaron las narraciones sobre posibles nuevos modos expositivos, nuevos formatos curatoriales o nuevos públicos con las que se imparten todavía un enorme repertorio de seminarios para los sedientos gestores culturales de nuevo cuño. En definitiva, sucedió que la crítica institucional declinó hacia una reflexión más auxiliar que no propiamente crítica y, sobre todo, más endogámica que pública. El volumen que ahora nos ocupa todavía tiene mucho que ver con esa atmósfera. La mejor prueba de ello son las contribuciones de Andrea Fraser y de Jens Hofmann. De la primera se reproduce el artículopublicado originalmente en Artforum (From the Critique of Institutions to an Institution of Critque, 2005) y que ya entonces despertó un importante debate. El reclamo de la autora apunta en una dirección inequívoca: en la situación actual de completa institucionalización de los agentes públicos, lo mejor es olvidarse por completo del añejo sueño de ubicarse en un espacio alternativo y, en su lugar, utilizar los propios engranajes de la institución para, de algún modo, mejorarla. El diagnóstico no deja de ser lúcido, pero conlleva una sutil operación que no puede menospreciarse. A fin de cuentas, lo que propone Andrea Fraser es deslizar la crítica institucional hacía la llamada “teoría institucional” (léase en especial a G.Dickie), aquella que propugna un “circulo el arte” donde cada uno de sus componentes solo adquieren sentido en función de las relaciones múltiples que estructuralmente padecen entre sí. De este modo, la crítica institucional sin duda podría contribuir a fortalecer al Museo al permitir un análisis riguroso de todas sus posibilidades de expansión y crecimiento mediado por la correcta gestión de todo aquello aparece como susceptible de incorporarse al “circulo”. Sin embargo, como se viene planteando hasta la saciedad, esto no resuelve la paradójica conversión de las tensiones sociales en mera materia expositiva sino que, por el contrario, la favorece e incrementa. Por su parte, el texto de Hofmann (The curatorialization of Institucional Critique) da buena cuenta de esos procesos por los cuales la supuesta capacidad crítica del arte ha ingresado felizmente en el ámbito de las nuevas propuestas curatoriales. El mismo libro, con una colección de trabajos de John Knight, Monica Bonvicini, The Guerrilla Girls, The Yes Men y otros tantos, se comporta como un ejercicio del mismo talante. Entre las contribuciones que se recogen en el volumen, Christiane Paul aborda la posible regeneración de la crítica institucional a partir de las estrategias network facilitadas por las nuevas tecnologías. El texto aparece en el índice del conjunto como el necesario porcentaje hipotecario que cualquier visión panorámica de un asunto ha de conceder a la revolución tecnológica. Sin embargo, es aquí donde se apuntan unas ideas más prospectivas sobre el posible nuevo horizonte para la crítica institucional: recuperar su genuina función como instrumental para romper ese “circulo del arte” hasta infectarlo por completo con los mundos reales, repletos de imaginación y emergencia, de capacidades y necesidades que podrían articular sus propios discursos con mayor vehemencia en su encuentro con lo artistico. Ese es el posible horizonte de la crítica institucional, superar su obsesión por refundar un mundo ya establecido y, en su lugar, abrir las puertas el museo hacía una exterioridad ingobernable.

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